El primer traje de novia blanco lo llevó Ana de
Bretaña en 1499 para su boda con Luis XII de Francia.
Hasta entonces, las novias llevaban su mejor traje, a menudo
de color amarillo o rojo. Como la monarquía británica
era tan admirada, con el tiempo las novias en otros países
la empezaron a imitar.
En tiempos bíblicos, la mayor parte de los vestidos
eran azules porque simbolizaba pureza. Pero en China y en
Japón las novias iban de blanco, porque era el color
del luto que se consideraba apropiado al dejar la novia
su propia familia para unirse a la del marido, representando
una muerte simbólica. Hoy en día, las mujeres
tradicionales en Japón se visten de color rojo para
la ceremonia de la boda (ver nuestro reportaje El
amor en Japón).
Desde los tiempos romanos, el color blanco representó
una celebración llena de felicidad. En el siglo XX
el blanco se ha identificado con la pureza que representa
la novia. De acuerdo con la tradición, se considera
mala suerte que el novio vea a la novia vestida con su traje
antes de la ceremonia.