Los teutones, que fueron un pueblo de raza germánica
que en el siglo II se establecieron en las costas del mar
Báltico, fueron quienes comenzaron con la práctica
de la luna de miel. Sus bodas sólo se celebraban
en días de luna llena y después de la boda,
los novios bebían un licor de miel durante los treinta
días siguientes.
Siendo como en otras muchas sociedades la consumación
del matrimonio más importante que la ceremonia en
sí, no sólo para los novios sino para las
familias de ambos, esta bebida les servia como afrodisíaco
en su primera intimidad. Por ello, el período inmediatamente
posterior a la boda llegó a conocerse con el nombre
de luna de miel.
Hubo un tiempo en que los campesinos de Languedoc (Francia)
irrumpían en la cámara matrimonial y ofrecían
sopa a los nuevos esposos. La sopa les daría el vigor
necesario para que pronto tuvieran descendencia. En la Bretaña
francesa del siglo XVII, los recién casados esperaban
tres noches antes de hacer vida marital. La primera noche
se dedicaba a Dios, la segunda a San José, y la tercera
al santo patrono del novio.
Los hábitos del pueblo yezidi, en el norte del Iraq,
son más espontáneos. Los contrayentes se retiran
a un aposento y, después de consumada la unión,
el novio da tres golpes en la puerta. Inmediatamente acude
al abrirla un sacerdote que dispara al aire un arma de fuego.
Con esta señal comienzan las ceremonias del enlace
y la alegría general.
Mientras el nombre ha sobrevivido, el propósito
de la luna de miel ha ido cambiando. Antiguamente los novios
dejaban su familia y sus amigos después de la boda.
Actualmente la tradición sobrevive aunque se ha incorporado
el concepto de vacaciones. Se suele aprovechar la luna de
miel para ir a un sitio romántico y especial.