La tradición de la torta de bodas comenzó
con los antiguos romanos que preparaban una tarta con trigo
y cebada que rompían por encima de la cabeza de la
novia como símbolo de su fertilidad, siendo esto
parte de la misma ceremonia matrimonial. Las jóvenes
no casadas recogían del suelo las migas para asegurar
su propio enlace, de la misma forma que hoy en día
se recoge el ramo de novia.
Con el paso del tiempo, esta tradición evolucionó
y llegó a Inglaterra en la época medieval,
donde los invitados a una boda traían pequeñas
tartas y las amontonaban como podían. El novio y
la novia se besaban por encima de la torre de pasteles e
intentaban no derrumbarla. Si lo conseguían, significaba
una vida llena de prosperidad. Un chef francés que
visitó Inglaterra en el siglo XVII concibió
la idea de transformar esta montaña de tartas de
trigo en un pastel único pero con múltiples
pisos. Antiguamente las solteras tenían la costumbre
de dormir con un trozo del pastel nupcial debajo de la almohada
para soñar con el futuro esposo.
Hoy en día el pastel nupcial es el centro del escenario
una vez finalizada la ceremonia y el banquete, siendo la
ceremonia de cortar el pastel el primer oficio que la novia
y el novio realizan conjuntamente como marido y mujer. En
otras culturas, la pareja procede a darse el uno al otro
de comer del primer trozo de pastel, como señal del
compromiso que ambos adquieren de proveer el uno para el
otro.